Nuestros mayores

30 de marzo de 2020

En mis tiempos en el Ayuntamiento de El Burgo de Osma una de las más gratas invitaciones que recibía era la de poder compartir unos momentos con la Asociación de Jubilados y Pensionistas, con nuestros mayores. Entonces les decía que nunca podríamos agradecerles lo suficiente toda una vida de dedicación y de sacrificio para mejorar la vida de cuantos hemos venido después.

En este momento de pandemia por el coronavirus (y más cuando sean un recuerdo), deberíamos reforzar esa gratitud y añadir, al agradecimiento bien merecido, la petición de perdón por minimizar una epidemia por el hecho de que a quienes se iba a llevar por delante era a personas mayores y, además, enfermas. Es aterrador percibir cómo los fallecidos están tratados como números, cifras o estadísticas que, en un momento dado llegarán al pico de la curva (como si las curvas tuvieran pico) y habrá jolgorio oficial cuando lleguemos al dichoso pico y se empiecen a reducir los contagios y los decesos. Pero si el innombrable experto en sus comparecencias iniciales cuando daba las cifras de los primeros fallecidos ya se reía porque pertenecían al grupo de mayores y, además, con patologías previas...

Cuando en 2014, se tuvo que sacrificar a un perro para evitar la expansión de otra pandemia, la del ébola, supimos, no solo el nombre del tal perro, sino hasta las garrapatas que tenía el can. Se organizaron manifestaciones y concentraciones de protesta, se pidió la dimisión del gobierno de turno (qué diferencia de gestión, por cierto, entre aquél y este) acusándole de asesino, los más seguidos medios de comunicación (agentes de agitprop al servicio de la izquierda más sectaria) se cebaban sin base alguna contra lo que calificaban como desastre, como ahora se pliegan de forma impúdica defendiendo lo indefendible. ¡Qué diferencia con lo que sucede ahora! Ahora, el gobierno y sus terminales mediáticas exigen unidad y no críticas, al tiempo que aprovechan para evadir cualquier responsabilidad y acusan de su manifiesta incapacidad y negligencia a otros (a la "derecha", claro, y todo lo que representa o ellos creen que representa). Ahora a la gente se le anima a aplaudir desde su balcón y el propio gobierno promueve caceroladas en protesta... contra el rey.

Restar importancia a una epidemia porque se ceba en los más mayores es de una mezquindad e ingratitud poco calificable. No es de recibo dar por natural que los mayores tengan que morir en estas circunstancias, porque estas muertes no se hubieran producido sin el efecto del Covid-19. Que se diezme la población que nos dio la vida, que ha tenido que vivir una vida durísima para que la nuestra fuera objetivamente mucho mejor, nunca puede asumirse como algo normal. No es de recibo relativizar la pandemia porque se mueren, sobre todo, personas mayores que han luchado por sus hijos y por sus nietos como lo han hecho nuestros padres y nuestros abuelos, que han entregado su vida para que sus hijos tuviéramos la formación académica que ellos no pudieron tener y una vida de comodidades a las que ellos tuvieron que renunciar.

Formamos parte de una sociedad en buena parte lanar y aborregada que valora -sobre todo para acceder a cargos públicos y de responsabilidad de gestión- una circunstancia personal, modificada por el mero paso del tiempo, como es el hecho de ser joven, como si en sí mismo tal circunstancia fuera un mérito cuando, en ocasiones, es un lastre. Se confunde "lo nuevo" con "lo bueno"; se acepta acríticamente cualquier "innovación" como si fuera en sí misma mejora (hasta el punto de que algunos cargos políticos se titulan así: "innovación educativa", por ejemplo). Este estado de cosas ha propiciado que al frente de muchas instituciones estén ineptos cuya inexperiencia, falta de preparación, infantilismo y petulancia es letal para el bien común. Todos hemos contribuido, en mayor o menor medida, a que el cálculo del valor se establezca en función de lo que potencialmente se pueda ofrecer en el futuro olvidando lo que ya se ha aportado en el pasado. Y este criterio de "valor" es, además de injusto, inhumano.

No hay una sola persona mayor que se sentiría aliviada si el gobierno, en sus comparecencias de autobombo (no ruedas de prensa), asegurara que los ancianos están libres del contagio, porque la edad les ha inmunizado; que los viejos no están en peligro, que tan solo quienes están en la edad de sus hijos y nietos corren el riesgo de perder la vida por el coronavirus. Nadie de quienes forman parte de las generaciones que han cimentado el Estado del bienestar, que ahorraron hasta el último céntimo (de peseta) para que sus hijos vivieran mejor de lo que han vivido ellos, sentiría el más mínimo alivio si les dijeran que esta epidemia apenas les puede afectar.

Por todo ello, se merecen nuestro reconocimiento y no es asumible que contemplemos sin estremecimiento el hecho de que muchos abandonen este mundo sin poder tener a su lado a quienes han dedicado toda una vida de renuncias, esfuerzos y sacrificios. Sí renuncias, esfuerzos y sacrificios, con todo lo que ello significa en un momento en el que las palabras se usan de forman tan vacua y ligera, como si el lenguaje no tuviera la función de expresar la realidad. Tanto se ha utilizado en vano la palabra "emergencia", como arma arrojadiza para justificar el sectarismo político, que una verdadera emergencia nos desborda y nos obnubila la razón y el sentimiento hasta el punto de considerar un alivio que nuestros mayores sean quienes sufran los efectos de esta epidemia.

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